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¿La era del conocimiento, o la era del
liderazgo?
José Enebral Fernández jenebral1@mi.madritel.es
No se pone en duda que vivimos en la sociedad de
la información y el conocimiento, que emerge la denominada economía
del conocimiento y la innovación, que el aprendizaje continuo resulta
inexcusable, que la innovación viene a ser una exigencia permanente,
que los trabajadores expertos constituyen un activo sólido para las
empresas, que la idea de organización inteligente se fundamenta en el
aprendizaje colectivo y en la gestión del conocimiento... Pero, para
definir las relaciones entre directivos y trabajadores, seguimos
predicando modelos líderes-seguidores cada vez más complejos; como
si el perfil del new knowledge worker encajara en la idea de seguidor;
como si el valor en alza en la nueva economía fuera el liderazgo en
vez del conocimiento.
En grandes y medianas empresas seguimos refiriéndonos a los
trabajadores como recursos humanos, colaboradores, subordinados o,
indirectamente, como seguidores de otros individuos a quienes llamamos
líderes. Puede que haya habido, y haya todavía, algún fundamento
para hacerlo así, pero los cambios culturales y la emergente economía
parecen exigir a las personas el protagonismo, la dimensión, que quizá
se les ha hurtado en el pasado. Nuevos y más profesionales perfiles
de directivos y trabajadores parecen abrirse espacio en el siglo XXI,
y quizá debamos ya reconsiderar en algún caso el propio lenguaje
utilizado, si no —y si no suena revolucionario o herético— la
vigencia misma de algunos de los numerosos modelos líderes-seguidores
que se nos ofrecen. ¿Cuál es el valor en alza en la economía
emergente?
Atendiendo a la excelencia en el management, y a sólidos y legítimos
intereses, las consultoras y escuelas de negocios han venido adulando
tal vez en exceso a los jóvenes o futuros directivos, y han estado
sonando con insistencia en las grandes empresas buzzwords como
potencial, talento, liderazgo, etc. Una profesional y efectiva dirección
de personas resulta inexcusable, pero quizá habría que distribuir
mejor los esfuerzos de formación y desarrollo, en beneficio del
perfil del nuevo trabajador experto, el knowledge worker de que nos
hablaba Peter Drucker: un trabajador responsable, actualizado en sus
conocimientos, leal a su profesión y con mayor autonomía (fruto del
empowerment) en su desempeño. Este nuevo trabajador experto, además
de seguir el progreso de su campo del saber, compartiría con el
directivo el derecho a cultivar su autoliderazgo, lo que es en buena
medida decir, su dimensión intrapersonal.
En la década anterior se hablaba del liderazgo y se hacía referencia
a importantes ejecutivos como Welch, Iacocca, Gerstner, Grove... y
hasta Lay, el protagonista del escándalo Enron; luego se dijo que, en
realidad, los líderes tenían que serlo de otros líderes, y que el
liderazgo habría de extenderse por las organizaciones. Cuesta
imaginarse una comunidad en que cada uno sea, a la vez, líder y
seguidor, pero todo depende de cómo se entienda el concepto. También
podemos referirnos, en efecto, a un cierto liderazgo intrapersonal, al
que nos invitaban Covey o Senge, y aparcar por un momento el liderazgo
interpersonal que hemos venido postulando entre los directivos
intermedios, y que sitúa a los trabajadores como seguidores suyos.
Los trabajadores pueden, sí, seguir metas compartidas y contribuir a
su consecución, pero tal vez, dejando fuera lo transaccional, no
resulta siempre sencillo seguir, en el día a día, a líderes que uno
no ha elegido; sobre todo cuando el trabajador no tenga perfil de
seguidor, sino vocación profesional en un campo determinado, que
desea dominar suficientemente. Pensemos, sí, en trabajadores que, en
su campo, saben más que sus jefes.
Las personas en las organizaciones
En cuanto a la consideración de las personas, podría tal vez
hablarse de dos tipos referenciales de organizaciones para el siglo
XXI: aquellas en que casi todas las personas están integradas en la
empresa y comparten objetivos declarados y auténticos, y aquellas
otras en que el círculo de integración se limita al personal
directivo más estratégico, quedando fuera los denominados seguidores,
colaboradores, recursos humanos, etc., a quienes se hacen llegar
mensajes distintos. Hasta ahora, y a pesar de que se venía declarando
la importancia de las personas, ha venido funcionando el segundo
modelo, a veces con apariencia de aproximación al primero; sin
embargo, un creciente valor del conocimiento (que reside en personas)
podría hacer que las cosas fueran cambiando. ¿Cómo materializar el
acercamiento entre el “nosotros” y el “ellos”, en las empresas
del saber?
Una nueva relación, menos vertical y distante, entre directivos y
trabajadores podría establecerse bajo la idea de ser una especie de
socios tras la metas; pero también cabe pensar en una relación más
profesional, más de cliente-proveedor, entre directivos y
trabajadores, lo que de hecho ya está generando diferentes formatos
no siempre bien resueltos. Lo que no parece encajar el nuevo siglo es
una relación líderes-seguidores que distraiga la atención sobre la
importancia del saber, como si en vez de ser testigos de la economía
del conocimiento, lo fuéramos de la economía del liderazgo.
Siempre pensando en el trabajador del saber como elemento clave de la
emergente economía, si en el precio a pagar por el mantenimiento del
puesto de trabajo entrara la subordinación o seguimiento
transaccional a un jefe-líder, cada trabajador-seguidor resolvería
su caso particular; pero no se nos escapa el potencial profesional que
podría desaprovecharse en una relación de subordinación, sutil o
declarada, que afectara a un trabajador experto, en la era del
conocimiento. ¿Qué prefiere el trabajador senior del saber para dar
lo mejor de sí mismo, un buen líder, o un suficiente grado de
responsabilidad y autonomía? Observen todas las combinaciones
posibles, incluida la de un líder junior y un trabajador senior.
Leía hace poco, en la edición para profesionales de RRHH de la
revista Observatorio, en un interesante y documentado artículo de José
Manuel Casado, que sería más propio hablar de capital humano que de
recursos humanos, y creo que esto está en la mente de muchos de
nosotros. A mí lo de recursos humanos me suena un poco a la era
industrial, ya en cierto declive, salvo que lo interprete como
“recursos de los humanos” (intelectuales, cognitivos, emocionales,
etc.); en cambio, lo de capital humano parece más en sintonía con la
emergente economía del conocimiento y la innovación. El lector tendrá
su punto de vista en relación con los términos utilizados, pero
aceptará que un experto en un área determinada, que además está
dispuesto a seguir aprendiendo, constituye un valor sólido en
nuestros días.
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