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Por qué la intuición en la empresa
Por José Enebral Fernández

Vinculada a la razón, que tras su oportuno análisis ha de asentir al mensaje intuitivo, la intuición
habría de salir de la semiclandestinidad en el mundo empresarial. Constituye un sólido refuerzo
para el conocimiento, y asiste a muchas de nuestras facultades y fortalezas: la perspicacia, la empatía, la prudencia, la creatividad, la perspectiva sistémica, la visión de futuro… Sin hablar de 
un management by intuition, o de un work by intuition, hemos de hacerlo, empero, del valioso
complemento que supone para la inteligencia, tanto cuando nos proponemos innovar como 
cuando deseamos ser más penetrantes y efectivos. 

La intuición empieza a sonar como buzzword en el mundo empresarial, también quizá debido al
creciente interés por las posibilidades del cerebro. “A menudo has de confiar en la intuición”, dice
Bill Gates, y es que, para resultar competitivos, no podemos preterir ninguna facultad. Son, en
verdad, muchas las fortalezas y facultades a cultivar junto al conocimiento, en la empresa del
saber; pero hay razones para que nos detengamos en ésta: en la intuición genuina. 

Para empezar, si comparamos la velocidad con que podemos procesar conscientemente
información
apenas unos cincuenta bits por segundo como máximo, tal como lo expresan los
expertos
—, con la capacidad de todo el sistema nervioso inconsciente —más de diez millones 
de bits por segundo—, resulta que, sin duda, atesoramos en nuestro desván interior (o mejor, en
nuestros sótanos) una gran cantidad de información cuyo más completo aprovechamiento
—mediante la fenomenología intuitiva— constituye un reto a asumir.

En efecto, apenas podemos estar en dos conversaciones a la vez: si estamos hablando por
teléfono, casi no podemos atender a nuestro entorno, que sin embargo está continuamente
generando hechos, experiencias… Felizmente, la atención determina qué información llega a la
conciencia, y la memoria inconsciente se encarga de almacenar el resto, aunque sin evaluar su
rigor, su fundamento, sus aplicaciones: de esto se encargará la inteligencia intuitiva llegado el
momento. De esta información a que tiempo atrás no atendimos, se pueden extraer experiencias,
conexiones, abstracciones, deducciones, hipótesis, vías de solución, formas (códigos) de
comunicación, analogías, etc., que, procesadas con un fin específico, contribuyen al fenómeno
intuitivo.

La intuición bebe de diferentes fuentes, pero una de ellas es sin duda el inconsciente adquirido, 
que se solapa con la experiencia acumulada, el conocimiento tácito, la memoria de largo plazo…
Todo esto merece mayor detenimiento y también mayor rigor neurocientífico; pero podemos
convenir en esto: hay interesantes saberes que poseemos sin ser conscientes de ello, y que 
afloran en la fenomenología intuitiva. Y también estamos de acuerdo en la importancia de
aprovechar todo nuestro atesorado saber, en esta economía del conocimiento y sin dejar de
aprender continuamente.

Recordemos ya que los seres humanos somos una conjunción de lo heredado, lo adquirido y lo
elegido, y que, en el desempeño profesional, directivos y trabajadores del saber estamos
continuamente decidiendo, evaluando, pensando, enfocando la atención, imaginando, previendo,
actuando… En todas estas opciones hay ciertamente sensible presencia de lo que hemos
aprendido conscientemente; pero también la hay de lo aprendido sin darnos cuenta: el 
inconsciente se deja ver en nuestros sentimientos, nuestras elecciones, nuestras 
manifestaciones, nuestro hacer cotidiano. Aceptamos que nuestra personalidad es algo
inconsciente; a veces, incluso decimos que somos bastante irracionales… El inconsciente está
presente unas veces para bien
(fruto, por ejemplo, de una incubación intuitiva, de un instinto, de 
la inspiración...
) y otras para mal (fruto quizá de un prejuicio, de una arraigada creencia 
equivocada, de un posible trauma...)
.

Nuestra conciencia habría de identificar y analizar bien los impulsos del inconsciente y buscar 
una conciliación, si posible fuera. Si tenemos prejuicios, aprensiones o asunciones inconscientes,
la razón debe como tal identificarlos en pro del autoconocimiento; si somos de natural curiosos,
quizá no podamos evitar meter las narices; si somos perseverantes, no se nos podrá pedir
fácilmente que abandonemos; si somos íntegros, difícilmente se nos podrá pedir que
prevariquemos… En el caso específico de los mensajes intuitivos del inconsciente
—de la 
intuición genuina—
, hay que recordar que aparecen dotados de un marchamo de certeza, de 
una convicción singular, que sirve a la razón para identificarlos debidamente: se trata de un 
mensaje “elaborado” dispuesto a surtir efecto. 

No obstante lo anterior, la razón no va a decir sí a toda intuición: reconocerla no significa
refrendarla. Podríamos haber incubado una solución sin haber definido bien el problema, y eso
confundiría a la inteligencia inconsciente-intuitiva; podrían haber aparecido nuevos elementos a
considerar... Si penetramos suficientemente en los problemas, si vivimos intensamente el aquí y
ahora de nuestro desempeño profesional, la intuición aparecerá y con ella el acierto. Puede
incluso presentarse en forma de fluidez intuitiva, algo que nos recuerda los estudios del profesor
Csikszentmihalyi sobre el disfrute por el alto rendimeinto.

La intuición es, en efecto, una especie de inteligencia del inconsciente que aflora a la conciencia
para contribuir a nuestra efectividad. El inconsciente se manifiesta a veces confundiendo o
limitando a la razón, y generamos entonces conductas algo irracionales; pero también se
manifiesta en otras ocasiones de modo inteligente y oportuno, con una idea valiosa, una solución
adecuada, un plus de perspicacia, un certero juicio inexplicable, la visión de lo subyacente, la
sensación de confiar o desconfiar… Nos muestra un camino a seguir, nos advierte de riesgos, 
nos ilumina oportunidades… Dentro de la vida empresarial cotidiana, a directivos y trabajadores 
del saber, la intuición asiste en:

  • El autoconocimiento.

  • La comunicación.

  • La percepción de realidades.

  • El manejo de la información.

  • La tarea misma.

  • La solución de problemas.

  • La toma de decisiones.

  • La innovación.

  • La detección de oportunidades.

  • La visión de futuro.

Muy singular (o sea, especial) como metacompetencia de nuestro perfil profesional, es empero
plural en las fuentes de que bebe pero, sobre todo, en sus manifestaciones. Aparece a veces la
intuición en forma de sueño; así pudo, por ejemplo, Elias Howe patentar su invento de la máquina
de coser en el siglo XIX, o pudo solucionar Friedrich Kekulé la estructura de la molécula del
benceno: al despertar de un sueño revelador. Y también aparece como idea súbita con
inconfundible sensación impulsora que, sin embargo, hemos de someter a la sanción racional. 
Uno de los empresarios más intuitivos (innovadores) del siglo XX fue Masaru Ibuka, de Sony, 
pero la fenomenología intuitiva auténtica es, en la empresa, una ayuda continua para todos,
directivos y trabajadores de la sociedad del conocimiento.

La intuición es, por lo tanto, una facultad a nuestro servicio, que sabe buscar y tiene dónde 
hacerlo. Si le hemos dado precisas instrucciones, nos llegará, lo antes que pueda, con la 
respuesta más idónea; pero también se presenta sin ser llamada, aprovechando en ocasiones 
el impactante atractivo de la casualidad. Por casualidad, acompañada de sagacidad e intuición,
apareció la penicilina, lo hicieron las vacunas, llegaron las cerillas, se generó la idea del velcro,
surgió el horno de microondas, se fabricó el “revolucionario” Walkman de Sony, se inventó el
telescopio, se descubrió el teflón… Ante la misma experiencia casual, unas personas pueden
reaccionar sin consecuencias y otras, más intuitivas, encuentran enseguida aplicaciones
innovadoras. Curiosamente, no es siempre el descubridor quien piensa en las posibles 
aplicaciones o en la oportunidad de negocio.

Dos cosas podemos hacer: nutrir de información la conciencia y el inconsciente, y facilitar el
acceso mediante la facultad intuitiva, confiando en ella y cultivándola; pero no se trataba hoy de
reflexionar sobre el cómo, sino sobre el por qué cultivar la intuición en la empresa de la economía
del conocimiento y la innovación. Bienvenida sea la intuición genuina, la que hemos aprendido a
distinguir de los prejuicios, los deseos, las inferencias erróneas, las sospechas, los temores, las
conjeturas, las aprensiones, las presunciones, los intereses…; bienvenida sea, porque en su 
haber se registran grandes logros y avances sociales.

José Enebral Fernández
Consultor
jenebral1@mi.madritel.es

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